sábado, 27 de septiembre de 2008

San Francisco SIMBOLOS DE UNA CIUDAD LIBRE

En San Francisco algunas veces me quedaba escudriñando el aire para ver si yo también percibía ese polvo de oro que según alguno de sus muchos pintores lo ilumina. Seguramente algún reflejo dorado ha debido de permanecer en su atmósfera o en nuestros sueños desde aquellos remotos tiempos, allá por 1850, en que la ciudad comenzó a levantarse sobre una quimera, una aventura, esa locura entre real y fantástica que tira de los hombres y les hace cruzar océanos y conocer mundo, y, sobre todo, les hace arriesgarse a fracasar. En este caso, el reclamo era el oro, un oro del que sólo habían oído hablar, un oro lejano y sin dueño y cuyo vestigio pervive pegado a algunos nombres como Golden Gate Bridge o Golden Gate Park. Los futuros mineros llegaban por miles de todo el mundo, se instalaban en tiendas o en barracones y empezaban a buscar y a vivir a la desesperada o sin control, hasta que los filones auríferos se agotaron y muchos se marcharon.


Pero quedó San Francisco, sus casas y calles ascendiendo y descendiendo por colinas, formando una cuadrícula en forma de montaña rusa, y su bahía abierta a lo desconocido. Así que no es de extrañar que allí naciera uno de los más grandes escritores aventureros, Jack London, con su cazadora de correr mundo y su pelo revuelto por el aire del mar y su mirada dirigida hacia Alaska, tal como aparece en las fotografías. Tal vez querría haber sido uno de aquellos primeros fundadores que habían llegado poseídos por la fiebre del oro, y decidió serlo en otros lugares. La vida de Jack London es realmente apasionante, pero más su literatura, transparente y oxigenada como un viento glaciar. De todos modos, si tanto él como sus predecesores levantasen la cabeza, no darían crédito al comprobar que otros aventureros, estos de los ordenadores, los microchips y los semiconductores, sin necesidad de despeinarse ni pasar frío, han dado con el mejor filón, el más codiciado en los tiempos que corren, que ya no es de oro ni de plata, sino de silicio. ¿Qué haría Jack London en Silicon Valley, ese nuevo lugar creado por los mineros de la informática?

La verdad es que pensaba hablar en este blog de los míticos tranvías, de los cable car; de Levi Strauss, que fundó su imperio de pantalones en esta ciudad; de la isla de Alcatraz, que tiene la apariencia de un moscardón en un plato de sopa, aunque algo agitado por las corrientes; de la calle Lombard descendiendo entre flores en un imposible zigzag; del famoso terremoto de 1906. Hablando de terremotos, un amigo de Frisco, como familiarmente se llama a esta ciudad, me dice sin darle importancia que son muy frecuentes los temblores como el que puede producir un tren pasando bajo el piso. Pensaba también hablar de ese otro pequeño terremoto social producido por la oleada de bodas homosexuales, que continúan afirmando a San Francisco como el territorio más tolerante y avanzado del país, unido al hecho de que California sea el Estado donde menos se ejecuta la pena de muerte, cuya lamentable existencia se contradice con su imagen progre. No se me ocurre otra palabra para definir el paisaje de anoraks, pantalones de pana, pantalones vaqueros, abrigos retro, hippies auténticos y por tanto mayores, estudiantes con buenos cortes de pelo y atuendos informales de todas las nacionalidades. Incluso en la calle Powell, inscrita en la zona financiera, puede llamar la atención un traje entre la multitud. Tal vez esté exagerando por una involuntaria comparación con Manhattan, cuya diferencia se podría resumir en que mientras que en Nueva York se llevan medias incluso en verano, en San Francisco no se llevan ni en invierno. Dada la temperatura, me produjo un escalofrío ver lo dispuesta que estaba la gente a taparse lo menos posible.

Pensaba hablar de las secuoyas gigantes, unos antediluvianos árboles con que merendaban los dinosaurios, y que en gran parte fueron arrasados para construir casas victorianas, de las que hay una estupenda muestra digna de verse en el barrio de Castro, el barrio gay quizá más cotizado del país o, al menos, el que ha sabido proyectarse mejor como ideal de vida.

Y entre otras cosas más, pensaba hablar de la Universidad de Berkeley, mi anfitriona en este viaje, todo un mundo que requeriría un libro. Nido de premios Nobel, contestataria, con fama de izquierdista y exigente, ha asistido a muchas rebeldías políticas, sociales y literarias, como la rompedora generación beat. Qué años aquellos de la Flower Generation y las largas melenas y faldas hippies sobre el césped de esta universidad. A primera vista, si uno se deja llevar por la visión de sus bosquecillos y riachuelos bajo pequeños puentes, no parece un lugar para pensar, sino para ir de la mano con la persona que más le gusta. Diré que nunca me he sentido tan universitaria en toda mi vida, es como si todos mis años universitarios por fin se hubiesen comprimido en ocho auténticos días universitarios. Nunca había dormido y comido en un bonito edificio llamado Women's Faculty Club, que también admite hombres, como también debe de admitir mujeres el Men's Faculty Club. A veces salía de este recinto para ir a San Francisco, bien en metro, o en coche por el San Francisco-Oakland Bay Bridge, un buen puente sin duda, aunque yo traía en la retina el Golden Gate, que hay que tomar si, por ejemplo, se quiere ir a Sausalito. He pasado varias veces por sus tres kilómetros, suspendidos a 67 metros sobre las aguas de la bahía, y he contemplado por sus ventanas sin pared la lluvia, el sol, la niebla y la noche. Y siempre he tenido la sensación de estar volando. Sin duda es un buen símbolo.

Pensaba hablar del Barrio Chino, uno de los más antiguos de San Francisco, presidido por la puerta del Dragón, cedida en su día por la República Popular China y tan historiada como su nombre sugiere, que da paso a un laberinto de callejuelas y edificios de gran encanto emparentados con la puerta. Todavía se puede uno encontrar allí con algún restaurante de otros tiempos, como el Empress of China, con un esplendor sofocado por el presente, donde de un momento a otro parece que vaya a entrar un sofisticado y mundano grupo de mujeres y hombres, y, tras ellos, el detective Sam Spade en busca de alguien. Tras los cristales algo sucios del restaurante se ve San Francisco tal como podría verlo él. Y de esto es realmente de lo que me habría gustado hablar, del creador de Sam Spade, Dashiell Hammett, que nos hizo a todos ciudadanos de San Francisco.

Clara Sanchez, El Pais.


2 comentarios:

Milo dijo...

Pero a ver si entiendo amigo José Luis (aquí y en la China Popular :P), el pobre del bloguero de "veo que no lo entiendes" se curra sus entradas, y tu en vez de opinar sobre ellas y luego meter de estrangis tu publicidad, vas y pasas olímpicamente del blog y dejas ahí "tu mensage" cual defecación publicitaria? Hombre, un poquito de por favor.

Por cierto pisha, la entrada de san francisco un poco larga de más. Pero la acabaré leyendo :P

THOR dijo...

Me adiero a Milo. Jose Luis tiene un morro ogiba nuclear.

CMC, te queremos leer a ti, no a Jose ni la del país. Cuentanos algo desde San Francisco.